En vías de ser vegana… y orgullosa de ser vegeteriana.

Todo empezó viendo fotos de animales maltratados, animales domésticos. Perros sobretodo. A mí nunca me han gustado, no sé por qué, no me caían mal tampoco. Ni fu ni fa. Con el resto de animales me pasaba lo mismo. “Ellos tenían su vida y yo la mía”.

En vías de ser vegana… y orgullosa de ser vegeteriana.

 

Todo empezó viendo fotos de animales maltratados, animales domésticos. Perros sobretodo. A mí nunca me han gustado, no sé por qué, no me caían mal tampoco. Ni fu ni fa. Con el resto de animales me pasaba lo mismo. “Ellos tenían su vida y yo la mía”. 

Mi curiosidad por las fuertes y duras imágenes empezó a crecer de repente así como mi angustia al ver también fotografías tomadas de vacas desangradas y/o condenadas por su leche, de cerdos recluidos en minúsculos y sucios espacios, de pollos y gallinas hacinad@s sin poder apenas andar...  Estaba viendo animales que normalmente eran para comer, pero en estas condiciones. Todavía lo seguía viendo ‘normal’, pensaba pues, que estos animales eran para comer y nada más; pero a la vez estas imágenes iban asociadas a mensajes que me hacían sentir incómoda, cada vez más. La palabra especismo caló hondo en mí. Algo pasó en mí, había algo que no podía entender ¿Qué está ocurriendo aquí? Solo me venía a la mente las mismas palabras: maltrato, maltrato animal, sufrimiento. Mi mirada hacia ellos cambió, sin más y para siempre.

A raíz de esta conclusión empecé a informarme de lo que ocurría verdaderamente porque ya no dejaba de pensar en ello: ¿Qué significaban estas fotografías tan terribles, qué escondían detrás? Entonces no hubo marcha atrás, había visto y comprendido demasiado; o lo justo. Lo justo para entender que no era justo. Cuando comprendí que todos y cada uno de los animales que se encontraban a merced del mercado para ser explotados durante toda su vida para finalmente ser ‘sacrificados’ sentían su propio miedo (y quién no iba a sentirlo), dije “Basta”.  

Pero estaba sola. ¿Qué comeré? ¿Enfermaré? Estuve un tiempo indecisa, en que no acababa de saber qué era lo que tenía que hacer para sentirme bien conmigo misma, estaba aturdida, lo pasaba muy mal. Tenía claro que no quería hacerles daño bajo ningún pretexto. Por un lado era inaceptable lo que ocurría con ellos, pero por otro lado pensaba que yo bien tenía que alimentarme también. Mi gran alivio fue ver que existía un estilo de vida llamado “vegano” y que compartía mis mismas inquietudes. Fue mi salvación.

Desde entonces me encantan todos los animales, a todos los veo bellos por su simple razón de ser, de existir. Comprendí que cada uno tiene su vida, como nosotros la nuestra. Ellos viven con nosotros en el mismo planeta y yo no me siento superior a ellos. Ya no. Les entregué mi corazón. Es una historia de amor. 



 

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